Un cuento de Villa Blandita
Chispa y el cumpleaños que casi se derrite
Chispa abrió los ojos antes de que el sol terminara de salir.
No era una mañana cualquiera. Era su cumpleaños.
Saltó de la cama, se colocó su mejor sonrisa y corrió hasta la plaza de Villa Blandita. Imaginaba abrazos, serpentinas y una tarta tan alta que necesitaría una escalera.
Pero la plaza estaba vacía.
«Tal vez todavía sea muy temprano», pensó, aunque una pequeña nubecita de humo apareció sobre su cabeza.



Al doblar una esquina vio a Pipo sujetando un manojo de globos. En cuanto lo descubrió, Pipo los escondió detrás de un árbol.
Más allá, Nubi doblaba unas cintas y Luma guardaba estrellas de papel dentro de una caja.
«Hola», dijo Chispa, esperando que alguien gritara «¡sorpresa!».
«Hola, Chispa», respondieron los tres demasiado deprisa. Después salieron corriendo en direcciones distintas.
La nubecita de humo de Chispa creció un poco más.
«Se han acordado de todo menos de mí», pensó.

Chispa fue a buscar a Miga a la panadería. Si alguien recordaba una fecha importante, seguro que era él.
Miga medía harina, removía chocolate y vigilaba el horno al mismo tiempo.
«¿Tienes algo que decirme?», preguntó Chispa.
Miga miró el reloj y luego el horno. «Ahora mismo no puedo parar. Tengo algo muy importante entre manos».
Quería guardar la sorpresa, pero Chispa solo vio una puerta cerrada y a un amigo demasiado ocupado.
La nubecita se volvió oscura.
Chispa subió solo hasta la colina y clavó una vela pequeña en el suelo.
«Si nadie va a celebrar conmigo, lo haré yo», dijo.
Intentó encenderla, pero sopló demasiado fuerte. La llama se apagó. Lo intentó otra vez y volvió a apagarse.
Entonces el humo salió de golpe. Le llenó la cabeza, le hizo apretar los puños y le calentó las mejillas.
Debajo del enfado había una tristeza que Chispa todavía no sabía cómo nombrar.

Momo lo encontró sentado junto a la vela apagada. No le pidió que dejara de enfadarse. Solo se sentó a su lado.
Al cabo de un rato preguntó: «¿Qué hay debajo de todo ese humo?».
Chispa respiró como pudo. «Estoy triste. Pensé que mis amigos se habían olvidado de mí. Y me da miedo no ser importante para ellos».
Momo escuchó hasta que Chispa terminó.
«Gracias por contármelo», dijo. «¿Quieres que volvamos juntos y se lo digamos a los demás?».
Chispa asintió.

Antes de bajar, Momo le propuso un pequeño juego.
«Imagina que hueles la tarta de Miga», dijo. Chispa tomó aire despacio por la nariz.
«Ahora sopla como si enfriaras el chocolate sin derramarlo». Chispa dejó salir el aire poco a poco.
Lo repitieron tres veces. El humo no desapareció por completo, pero dejó espacio para pensar.
«Ya sé qué necesito», dijo Chispa. «Quiero contarles que me sentí solo».
Y los dos regresaron a la plaza.




Al llegar, la plaza se encendió de golpe.
«¡Sorpresa!», gritaron sus amigos.
Pipo soltó los globos, Nubi desplegó las cintas, Luma colgó sus estrellas y Miga apareció con una gran tarta de chocolate.
Chispa estaba contento, pero también necesitaba hablar.
«Creí que os habíais olvidado de mí. Me sentí triste y muy solo», dijo.
Sus amigos dejaron lo que estaban haciendo y lo escucharon. Después le explicaron la sorpresa, y cada uno le pidió perdón por haberlo hecho sentir apartado.




Miga colocó una vela sobre la tarta. Esta vez Chispa acercó su chispa con cuidado.
La llama se encendió y el chocolate comenzó a derretirse por los lados.
Todos se quedaron en silencio.
Miga observó la tarta y sonrió. «Perfecto. Acabamos de inventar la tarta volcán».
Chispa soltó una carcajada. Sus amigos también.
Después pidió un abrazo de cumpleaños, de esos en los que caben el enfado, la tristeza, la alegría y seis amigos a la vez.